Clausura del Año Jubilar: “Peregrinos de Esperanza”, una celebración para volver a lo esencial
Publicado el 31 Dec 2025 por Diócesis de Nezahualcóyotl (Comunicaciones)
IXTAPALUCA, Edo. Méx., 28 de diciembre de 2025. En el marco de la fiesta de la Sagrada Familia, la Diócesis de Nezahualcóyotl celebró la Clausura del Año Jubilar “Peregrinos de Esperanza” con una jornada de encuentro y Eucaristía en el Seminario “San José”, como culminación de este “tiempo especial de gracia” vivido por la Iglesia local.
La convocatoria diocesana (Comunicado 06/2025) invitó a sacerdotes, vida consagrada y fieles laicos a unirse a este momento jubilar, con el siguiente horario: 1:30 p.m. bienvenida, 2:00 p.m. celebración de la Eucaristía y 3:30 p.m. comida–convivencia. De manera particular, se pidió a los presbíteros motivar y organizar a las familias y comunidades para participar, llevando alimentos para compartir y fortalecer la comunión después de la Misa.
Una fecha providencial: la esperanza pasa por la familia
En su homilía, Mons. Héctor Luis Morales Sánchez subrayó el sentido providencial de que la clausura se realizara precisamente en el Día de la Sagrada Familia: “culminar este año de gracia” en esta fecha —dijo— es una bendición para la diócesis, especialmente porque en los últimos años se ha buscado poner a las familias en el centro de la atención pastoral.
Desde el Evangelio de la huida a Egipto y el regreso a Nazaret, el Obispo destacó el protagonismo silencioso de san José: un hombre del “segundo plano”, sin palabras registradas en los Evangelios, pero decisivo en la historia de salvación por su misión concreta: cuidar y proteger la vida. Esa discreción, afirmó, revela una verdad esencial: la grandeza del amor no siempre se mide por discursos, sino por fidelidades diarias.
El signo de humanidad: cuidar al débil
Mons. Héctor Luis compartió una conocida anécdota atribuida a la antropóloga Margaret Mead: ante la pregunta por el “primer signo de civilización”, la respuesta no fue un instrumento o una tecnología, sino un fémur fracturado que sanó, señal de que alguien se detuvo a cuidar al herido. En esa imagen, el Obispo encontró una clave para leer nuestro tiempo: “un pueblo civilizado no es el que tiene más tecnología, sino el que se preocupa por cuidar a los más necesitados, a los más débiles”.
A partir de ahí, advirtió que puede existir “un hogar inteligente”, pero sin humanidad; mucha innovación, pero poca compasión. La madurez de una familia y de una sociedad se reconoce cuando no se aprovecha del frágil, sino que se le acompaña para que crezca.
“¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”: la conversión del corazón
Con tono pastoral y directo, el Obispo invitó a no repetir la lógica de Caín: “¿Acaso soy yo su guardián?”. La indiferencia frente al hermano —dijo— revela una pérdida de humanidad y vacía de futuro a la comunidad. Por el contrario, la esperanza cristiana se aprende en lo cotidiano, allí donde alguien se hace cargo del otro, especialmente del más débil.
En este horizonte, Mons. Héctor recordó la palabra de Jesús a quienes cargan fatigas: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados… y yo los aliviaré” (cf. Mt 11, 28). Cuidar cansa, desespera; pero cuando el corazón se deja sostener por el Señor, el cuidado deja de ser pura obligación y se vuelve amor. Incluso jugó con dos expresiones que resumen una pedagogía espiritual: no decir solo “lo tengo que cuidar”, sino aprender a decir “lo quiero cuidar”. Ese cambio de mirada —explicó— es como ponerse lentes: permite caminar sin miedo, ver con claridad y descubrir a Cristo en el hermano que necesita ser acompañado.
Un año jubilar marcado por el llamado a cuidarnos
En el contexto del Año Jubilar, el Obispo evocó también una imagen fuerte del pontificado del Papa Francisco durante la pandemia: cuando el mundo buscaba culpables, el Santo Padre se colocó ante todos para recordar lo esencial: “o nos salvamos todos, o nos hundimos todos”. Para Mons. Héctor, esa frase resume una ruta concreta para la esperanza: cuidarnos unos a otros, en lo pequeño y en lo aparentemente insignificante, porque allí “Dios se hace presente”.
Oración y signo: la familia, enviada a toda la diócesis
En coherencia con el mensaje central de la homilía, al final de la Celebración Eucarística se realizó la Oración por la familia, compuesta por el Papa Francisco y colocada al final de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, confiando a Dios a las familias de la diócesis y renovando el compromiso de acompañarlas como Iglesia.
Asimismo, como signo concreto de envío pastoral, se hizo la entrega de una imagen de la Sagrada Familia a cinco familias, invitadas de manera especial en representación de las cinco vicarías en las que se divide la diócesis. Este gesto expresó que la clausura del Año Jubilar no es un cierre, sino un envío misionero, para que cada vicaría lleve a sus comunidades el compromiso de custodiar la vida, fortalecer los vínculos y hacer de los hogares verdaderos espacios de humanidad y fe.
Proyección pastoral: una clausura que abre camino
La clausura del Año Jubilar “Peregrinos de Esperanza” se vivió así no como un punto final, sino como un nuevo comienzo: que el camino recorrido se traduzca en familias más humanas, más creyentes y más solidarias, capaces de acompañar la fragilidad y sostener al que carga una cruz. En la lógica del Jubileo, la esperanza se vuelve creíble cuando se hace cuidado, vínculo y caridad concreta, comenzando en casa.