El Dios que no descarta, sino que rehabilita con su gracia
Homilía del Domingo X del Tiempo Ordinario - Ciclo A
Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de hoy nos presenta una escena que, si la miramos con ojos puramente humanos, nos puede desconcertar. Escuchamos a Jesús decir: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores». A simple vista, alguien podría pensar: «¿Entonces a Dios le da igual que nos esforcemos? ¿Prefiere que seamos pecadores?». Nada más lejos de la realidad, porque el Señor anhela nuestra fidelidad y desea que permanezcamos unidos a Él.
Sin embargo, este texto nos revela el corazón de Dios: cuando nos extraviamos por el pecado, Él no se resigna a perdernos. Al igual que el Buen Pastor, sale a buscarnos incansablemente hasta encontrarnos. No es que prefiera el pecado, es que le urge el herido.
Sumar, no dividir
Esta lógica divina choca con nuestra mentalidad, pues muchas veces caemos en una tentación muy humana: la visión maniquea de la vida, dividimos el mundo en «buenos y malos». Obviamente nosotros somos del grupo de «los buenos» porque no matamos ni robamos, y miramos a los demás por encima del hombro.
Por eso, el Señor nos confronta con la profecía de Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos». Jesús no nos está diciendo que el culto, los ritos o los sacrificios no valgan. No se trata de destruir una cosa para poner la otra; no es «esto o aquello», la fe cristiana no resta, suma.
Dios nos pide el culto más el amor; los sacramentos más la justicia; las palabras más los gestos concretos. El sacrificio sin un corazón compasivo se vuelve un cascarón vacío. Lo que cuenta es la actitud interior que se desborda en buenas obras hacia el hermano.
La locura de elegir a Mateo
El ejemplo vivo de esto es la vocación de Mateo. Jesús pasa, lo ve sentado al mostrador de los impuestos y le dice: «Sígueme». Humanamente, podríamos pensar que Jesús perdió la cabeza. Mateo no era un pecador cualquiera: era un cobrador de impuestos, visto por su pueblo como un ladrón, un hipócrita y un traidor que se enriquecía a costa de sus hermanos para pagarle al opresor romano. ¿Por qué elegirlo a él?
Porque Dios no nos trata como merecen nuestros pecados. Él no nos condena por un error, ni por muchos. Hasta el último aliento de nuestra vida, Dios nos ofrecerá la oportunidad de la conversión, porque Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
El Señor puede y quiere hacer grandes cosas por nosotros; pero, sobre todo, puede y quiere hacer grandes cosas con nosotros.
Él no quiere cristianos mirones, espectadores pasivos de la fe. Quiere asociarnos a su plan de salvación, tal como hizo con Mateo, transformando a un recaudador de impuestos en un evangelista.
Una misericordia que sana y rehabilita
Para que esto suceda, debemos comprender qué es realmente la misericordia. A veces la confundimos con un paternalismo blando, con un «hacerse de la vista gorda» o un simple «aquí no ha pasado nada». No, la misericordia de Dios no es un borrón y cuenta nueva superficial.
La auténtica misericordia es un amor que rehabilita, es un poder que sana, que transforma, que endereza lo que estaba doblado y cura lo que estaba enfermo. La misericordia no te deja donde estabas: te restituye la dignidad, te devuelve la gracia, y reconstruye los puentes rotos con Dios y con el hermano.
Pidamos al Señor que nos conceda un corazón parecido al suyo: un corazón que ame de verdad, que no condene apresuradamente, que sepa tender la mano y que nunca pierda la esperanza en la conversión de nadie.
Porque cuando Dios mira a una persona, no ve solamente lo que ha sido; ve también lo que, con su gracia, puede llegar a ser. Que así sea.
Por Pbro. Julio César Ponce García
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