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Perspectiva Católica

Del aislamiento a la comunión: El dolor que nos vuelve autómatas y el abrazo que nos rescata

Por: Diócesis de Nezahualcóyotl
Del aislamiento a la comunión: El dolor que nos vuelve autómatas y el abrazo que nos rescata

El teatro, cuando se despoja de las frivolidades y toca las fibras más íntimas de la existencia, se convierte en un espejo del alma. Un espejo que, a veces, nos devuelve imágenes incómodas pero profundamente reales sobre nuestra propia fragilidad.

Tuve la gracia de asistir a la puesta en escena "Odio que los abrazos no duren más de cuatro horas", una obra de la autoría de Itzel Lara y bajo la dirección de Juan Carlos Saavedra, que actualmente se presenta en el Teatro del Bosque Julio Castillo.

Mi asistencia no fue casualidad, me movió el orgullo y la alegría de saber que en la musicalización de este proyecto participa Oscar Guzmán Ruíz, un entrañable y querido talento de la Comunidad Parroquial de Nuestra Señora de Guadalupe, Col. Las Antenas, de la cual soy párroco. 

Cinco autómatas en busca de sentido

La obra es un espectáculo multidisciplinario que integra perfectamente música, danza y teatro para guiarnos por los pasajes más oscuros del duelo y el desamor.

En el escenario nos encontramos con cinco seres atrapados en la monotonía del sufrimiento; cinco "autómatas" que alguna vez amaron o se atrevieron a soñar con el amor, pero que tras ser abandonados, han quedado suspendidos en el tiempo:

  • Un hombre que, anestesiado por la rutina corporativa, pide cientos de Coca-Colas como recompensa por ser el empleado del mes.

  • Una mujer que vive en una Navidad perpetua, cocinando huevos en todas las presentaciones imaginables para soportar el peso de la espera.

  • Un ermitaño que busca la iluminación espiritual desde la azotea de su casa mientras come tamales, intentando meditar sobre su soledad.

  • Una alpinista que se refugia en los datos exactos de su dulce alemán favorito para no mirar el vacío de su pérdida.

Todos ellos están unidos por el mismo hilo conductor: el desamor y el abandono. El dolor, cuando no se comparte ni se redime, tiene la terrible capacidad de convertirnos en máquinas, haciéndonos vivir todos los días el mismo sinsabor.

Desde una perspectiva pastoral, estos personajes me recuerdan de manera desgarradora lo que sucede cuando nos aislamos en nuestro propio calvario: nos aferramos al dolor para no desaparecer, olvidando que fuimos creados para la comunión y la luz.

"El sufrimiento humano es un misterio que no se resuelve con explicaciones lógicas, sino con la presencia. Cuando el dolor nos encierra en nosotros mismos, corremos el riesgo de volvernos autómatas de la vida, repitiendo gestos vacíos en espera de un abrazo que cure el alma".

La gracia de un abrazo

Sin embargo, la historia no nos deja atrapados en la oscuridad. El verdadero milagro de la obra acontece cuando estos cuerpos rígidos y automatizados permiten que el otro se acerque. Es ahí, en el instante en que reciben un abrazo, donde el mecanismo del dolor se rompe.

Ese contacto físico, humano y sincero actúa como un bálsamo celestial. El abrazo disuelve la armadura de la indiferencia y les devuelve la condición de hijos de Dios, capaces de sentir, de llorar y, sobre todo, de volver a esperar.

Aunque el título de la obra juegue con la nostalgia de la brevedad del tiempo, la experiencia en el escenario nos demuestra lo contrario: un abrazo verdadero contiene un destello de eternidad.

"El sufrimiento nos encierra en nosotros mismos, pero la esperanza cristiana siempre es comunitaria. El abrazo que rescata a estos personajes es un reflejo del abrazo del Padre Misericordioso: no borra el pasado, pero devuelve la dignidad, rompe el automatismo de la rutina y nos dice que no estamos solos en el camino".

Un teatro sin barreras: Reflejo del banquete de Dios

Más allá de la crudeza de su temática, la gran luz de este proyecto radica en su producción. Presentado por la compañía Teatro Ciego MX, el montaje es un testimonio vivo de lo que significa la verdadera inclusión y accesibilidad, valores que como Iglesia abrazamos profundamente.

La obra fue diseñada con audiodescripción para personas con discapacidad visual e interpretación en Lengua de Señas Mexicana (LSM) para la comunidad sorda. Ver este despliegue artístico es recordar las palabras del Evangelio: abrir los ojos a los ciegos y hacer que los sordos oigan.

La propuesta derriba los muros de la exclusión y nos demuestra que el arte, al igual que la Gracia Divina, debe estar al alcance de todos, sin importar nuestras limitaciones físicas.

No te quedes sin verla

Invito a toda la comunidad parroquial y diocesana a apoyar el talento local y a confrontarse con esta puesta en escena que, además de conmover, nos invita a valorar el calor de los que nos rodean y a recordar que ningún invierno de soledad es eterno si nos abrimos al amor del prójimo y de Dios.

Coordenadas de la Temporada:

Una oportunidad imperdible para reflexionar, conmovernos y, sobre todo, aprender a valorar la duración y la profundidad de los abrazos que damos en el día a día.

Por Pbro. Julio César Ponce García

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