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El orden del amor y la verdadera libertad

Por: Diócesis de Nezahualcóyotl
El orden del amor y la verdadera libertad

Homilía para el Domingo XIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

1. El desconcierto de un amor radical

Hay frases de Jesús que de primer momento nos desconciertan. Hoy escuchamos una de ellas: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Humanamente, estas palabras parecen demasiado duras.

¿Acaso Jesús quiere que queramos menos a nuestra familia? No. Lo que quiere enseñarnos es algo mucho más profundo: que existe un amor primero, un fundamento sobre el cual deben construirse todos los demás amores.

San Ignacio de Loyola lo expresó con una claridad extraordinaria al comenzar sus Ejercicios Espirituales: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma». Ese es el principio y fundamento de la vida, primero Dios, después, todo lo demás.

¿Por qué? Porque cuando Dios ocupa el primer lugar, aprendemos a amar de verdad. Amamos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestro esposo o esposa, no por egoísmo, por dependencia o por interés, sino con el mismo amor con que Dios nos ama. Es un amor más libre, más limpio y más generoso. 

2. La lógica de Dios contra la lógica del mundo

Entender esto desde un punto de vista meramente humano es imposible. La lógica del mundo nos dice: "Asegura lo tuyo, pon primero tus sentimientos, tus afectos egoístas, tus comodidades". Pero la lógica de Dios rompe con nuestros esquemas.

A esto se refiere precisamente San Pablo en la segunda lectura, cuando nos habla de vivir como hombres y mujeres nuevos: «Considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús».

La conversión consiste precisamente en cambiar nuestra manera de pensar, dejar de mirar la vida únicamente con criterios humanos y comenzar a verla con los ojos de Dios, eso es vivir como resucitados.

3. El secreto de la libertad: El "Tanto Cuanto"

La última parte del Evangelio y la primera lectura nos muestran una realidad hermosa: la generosidad de Dios nunca se deja ganar. Quien recibe a un profeta, recibe recompensa de profeta. La mujer que acoge a Eliseo comparte lo que tiene, y Dios la bendice. Si somos generosos con Dios y compartimos lo que somos y tenemos, Él se desborda con nosotros. De hecho, Él ya ha sido muy generoso con nosotros, nos ha bendecido abundantemente.

Aquí también San Ignacio nos ofrece una luz muy actual con el llamado "tanto cuanto". Las cosas de este mundo —el dinero, el trabajo, los talentos, la tecnología, el descanso e incluso nuestros afectos— son buenas cuando nos ayudan a amar más a Dios y al prójimo; pero debemos saber desprendernos de ellas cuando se convierten en un obstáculo para ese amor.

En esto consiste la verdadera libertad cristiana, no en rechazar las cosas, sino usarlas según el plan de Dios, no vivir esclavos de ellas, sino convertirlas en instrumentos para servir, compartir y amar.

Conclusión

Hermanos, el desafío para esta semana es sencillo pero profundo: revisemos los altares de nuestro corazón. ¿Quién está en el centro? ¿Nuestros apegos, nuestros miedos, nuestros bienes materiales, o Dios?

Pidámosle al Señor la gracia de tener la valentía de ordenarlo todo desde su amor. Que aprendamos a morir a nuestra lógica humana para resucitar a la maravillosa y liberadora lógica del Reino.

Por Pbro. Julio César Ponce García

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