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Perspectiva Católica

Querer lo que vale la pena querer

Por: Diócesis de Nezahualcóyotl •
Querer lo que vale la pena querer

La felicidad no es sentirse bien, sino vivir bien: una reflexión para quienes educan

Todos conocemos a alguien que lo tuvo "todo" y aun así se sintió vacío. También conocemos a personas que, con muy poco, viven con una paz que contagia. ¿Qué marca la diferencia? El filósofo escocés Alasdair MacIntyre lo explica de una forma sencilla: una vida no solo se echa a perder por la enfermedad, la pobreza o el daño que otros nos hacen; también puede arruinarse por desear mal, es decir, por poner el corazón en lo que no vale la pena.

Por eso, la pregunta importante no es "¿qué quiero?", sino "¿vale la pena lo que quiero?". MacIntyre lo formula todavía mejor: ¿es lo que ahora quiero lo que realmente quiero querer?

Tener razones para estar contentos

Hoy solemos decir que alguien es feliz cuando "se siente bien". Pero uno puede sentirse satisfecho por motivos equivocados. MacIntyre recuerda que, para Aristóteles y para santo Tomás de Aquino, la felicidad era otra cosa: es feliz quien está contento porque tiene buenas razones para estarlo.

La salud, el dinero, el reconocimiento o el placer son cosas buenas, pero ninguna de ellas puede ser la medida de todo lo demás. Necesitamos un bien mayor que ponga orden en nuestra vida, como una brújula que nos indica hacia dónde caminar. Eso es la felicidad bien entendida: no un estado de ánimo que se persigue a toda costa, sino la forma que va tomando una vida cuyos deseos están bien ordenados.

La fe de la Iglesia ilumina esta intuición de los filósofos. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el deseo de felicidad «es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer» (n. 1718). Y san Agustín lo dijo de manera inolvidable: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones I, 1).

La virtud no se aprende solo con argumentos

Si la felicidad es tan importante, ¿basta con explicarla bien para que los demás la busquen? El filósofo mexicano Héctor Zagal responde que no. La ética, dice siguiendo a Aristóteles, no busca que sepamos qué es la valentía, sino que seamos valientes. Y eso no se logra con una clase magistral.

Zagal compara al ser humano con un arquero: no le basta ver el blanco, también necesita querer acertar. Para que una persona —sobre todo un joven— se anime a vivir bien, el bien tiene que presentársele como algo atractivo y digno de confianza. ¿Dónde ocurre eso? En la amistad. Los consejos de un amigo pesan no solo por lo que dicen, sino por quién los dice.

Aquí resuena con fuerza la palabra de Jesús: «Ya no los llamo siervos… a ustedes los he llamado amigos» (Jn 15,15). Y también la enseñanza del papa Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona» (Deus caritas est, 1). La verdad sobre la vida buena se transmite, ante todo, de persona a persona.

Un reto para quienes educan

Esta reflexión tiene consecuencias muy concretas para maestros, catequistas, padres de familia y agentes de pastoral. Vale la pena señalar tres:

Primero, la comunidad hay que construirla. MacIntyre supone comunidades donde ya se reconocen bienes comunes. Pero en muchas aulas, familias y hasta grupos parroquiales de hoy, esa base no está garantizada. Educar implica tejer comunidad.

Segundo, el educador no es "un cuate más". La amistad plena se da entre iguales, y la relación entre maestro y alumno no lo es. Lo que el educador ofrece es una benevolencia que busca sinceramente el bien del otro. Con el tiempo, esa cercanía puede madurar en amistad; confundirlas desde el inicio lleva al paternalismo o a la complicidad.

Tercero, educar para la felicidad no es complacer. Formar no significa tener "alumnos contentos" a cualquier precio. A veces amar al otro implica inquietarlo, exigirle y ayudarle a renunciar a deseos que lo dañan.

Lo que deja esta reflexión

La felicidad ordena la vida porque nos ayuda a distinguir entre lo que queremos y lo que vale la pena querer. Y ese bien no se posee como una teoría aprendida de memoria: se descubre caminando, practicando las virtudes y dejándonos corregir por quienes nos quieren bien.

Para nuestra comunidad diocesana, la lección es clara: nadie educa en la fe ni en la vida buena solo con palabras. Nuestros jóvenes, nuestros niños y nuestras familias creerán en lo que proponemos en la medida en que nos vean vivirlo con alegría y coherencia. Esa es la misión del maestro, del catequista y del padre de familia: ser testigos creíbles de que vale la pena querer a Dios y lo que Dios quiere para nosotros.

Porque al final, como intuyeron los filósofos y como confiesa la fe de la Iglesia, el corazón humano solo encuentra descanso cuando aprende a querer lo que de verdad lo hace pleno.

 

Artículo de opinión

Por: Pbro. Julio César Ponce García

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