El Amor que no puede quedarse encerrado
Homilía para el Domingo de la Santísima Trinidad (Ciclo A)
Hermanos y hermanas, hoy celebramos el misterio central de nuestra fe: la Santísima Trinidad.
Muchas veces, cuando escuchamos hablar de la Trinidad, sentimos que nos enfrentamos a un tema muy complejo y dificil de entender. La mayoría de nosotros lo aprendimos más o menos así:
La Santísima Trinidad es el mismo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas distintas y un solo Dios verdadero.
¿Cómo es posible que tres sean uno? ¿Cómo entender que el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, pero no son tres dioses, sino uno solo?
Hay un error común al acercarnos a este misterio, pensamos que un "misterio" es algo oculto, algo oscuro, que no se puede conocer. En la teología, un misterio no es lo inexplicable, sino lo inagotable. Es una verdad tan grande, tan llena de luz y de contenido, que por más que tratemos de explicarla, nuestro entendimiento humano siempre se quedará corto.
1. Dios no es una definición, es una comunidad
Hoy el Evangelio nos regala la llave para entender este misterio sin necesidad de fórmulas complicadas: "Tanto amó Dios al mundo...".
Si Dios es Amor, entonces Dios no puede estar solo. Para que el amor exista, necesita alguien a quien amar. Por eso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres seres separados, sino una Comunidad de Amor perfecta.
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El Padre es el Amor que engendra, que crea.
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El Hijo es el Amor que se entrega, que redime.
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El Espíritu Santo es el Amor que santifica, que une.
Ellos son distintos, pero su comunión es tan perfecta que cuando uno actúa, actúan los tres. Es una danza eterna donde cada Persona Divina busca el bien de la otra.
2. El Amor que se desborda
Lo más hermoso de este misterio es que ese amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es tan grande, tan intenso y tan vital, que no puede contenerse. El amor verdadero nunca se queda encerrado; el amor necesita derramarse.
Ese "desborde" de amor es la creación. Tú y yo somos el fruto de ese amor que rebasó el corazón de la Trinidad. Existimos porque Dios no pudo quedarse solo con su amor y quiso compartirlo.
Pero este amor no solo nos creó; sigue latiendo, sigue creando y sigue buscando acercarse a nosotros. Y aquí es donde el misterio se vuelve nuestra tarea, nuestra misión. Así, el Misterio de la Santísima Trinidad deja de ser una cuestión de teólogos y se convierte en una verdad de fe que se vive concretamente.
3. El amor que lo explica todo
Si hemos sido creados por un Dios que es Amor, entonces nuestra vida solo tiene sentido si amamos. A veces nos complicamos la vida buscando explicaciones lógicas para todo, pero como decía San Juan Pablo II: "El amor me lo ha explicado todo".
El amor no es un sentimiento pasajero; el amor es buscar, procurar y defender el bien del otro.
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Amar es querer que el hermano viva con dignidad.
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Amar es trabajar por la justicia.
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Amar es hacer que el otro crezca.
"Para que todo el que crea en Él tenga vida eterna". La vida eterna no comienza cuando morimos; la vida eterna comienza hoy, cuando nos dejamos amar por Dios y, por consecuencia, aprendemos a amar como Él nos ama: haciendo el bien, sirviendo con generosidad y entrega en nuestras familias, en nuestro trabajo y en nuestra comunidad.
Conclusión
Hoy, al mirar hacia el Sagrario o al persignarnos, no tratemos de entender a Dios como quien intenta resolver una ecuación. Acerquémonos a Él como quien se acerca a una fuente de agua fresca.
Dejemos que ese amor trinitario nos llene, y sobre todo, permitamos que ese amor se desborde a través de nuestras manos, de nuestras palabras y de nuestras obras, hacia todos los que nos rodean.
Que así sea.
Por: Pbro. Julio César Ponce García
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