¿Vivimos nuestra vida o nos dejamos llevar?
La libertad no es hacer lo que se me antoja, sino llegar a ser dueño de mí mismo
Imaginemos una vida en la que nunca tomamos una decisión de verdad. No porque alguien nos obligue, sino porque nos dejamos arrastrar: comemos cada vez que se nos antoja, respondemos con enojo a cada ofensa, pasamos horas frente al celular sin haberlo decidido. Nadie nos manipula, y sin embargo no somos nosotros quienes dirigimos nuestra vida, sería, por decirlo así, una vida conducida, no vivida.
¿Valdría la pena vivirla? Tal vez sería cómoda, pero difícilmente sería valiosa, y la razón es sencilla: el valor de una vida está en haberla hecho uno mismo.
Elegir es ir haciéndonos
Aristóteles, hace más de dos mil años, observaba que solo merece alabanza o reproche lo que hacemos voluntariamente, aquello que nace de nosotros. Incluso el marinero que, en plena tormenta, decide tirar la carga al mar para salvar el barco, elige, aunque lo haga bajo presión.
Esta capacidad de elegir nos distingue de los animales. Un animal come lo que encuentra cuando tiene hambre, nosotros, en cambio, decidimos qué, cuándo, cuánto y con quién comer. Podemos dejar de dormir para cuidar a un enfermo o ayunar por un motivo más alto.
El filósofo español Juan Manuel Burgos va todavía más lejos, nos dice que
"la libertad no es solo escoger entre opciones, sino disponer de uno mismo. Hasta en algo tan simple como elegir una manzana en vez de una pera, decido sobre la fruta… y también sobre mí. Y cuando las decisiones son grandes —estudiar una carrera, casarse, responder a una vocación— no solo escogemos algo: nos definimos a nosotros mismos. Por eso nuestra vida tiene forma de historia, de biografía. Sin un proyecto que la oriente, se vuelve triste y vacía".
La Iglesia lo enseña con claridad, el Catecismo afirma que «en la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre» (n. 1733). Y el Concilio Vaticano II recuerda que «la verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre» (Gaudium et spes, 17).
Ordenar el corazón no es reprimirlo
¿Y la felicidad? Para Aristóteles no es algo que simplemente nos llega, sino una actividad: vivir de acuerdo con la virtud, y la virtud se forma con actos repetidos. Del deseo pasamos a pensar, de pensar a decidir, de decidir a actuar; y lo que hacemos una y otra vez termina formando nuestro carácter.
Aquí conviene aclarar un malentendido: ordenar los deseos no significa reprimirlos ni vivir en la mediocridad. El valiente no es el que no siente miedo, sino el que sabe enfrentarlo cuando y como hace falta. El vicio nos va haciendo, como dice Burgos, «esclavos de las pasiones»; la virtud, en cambio, nos hace más dueños de nosotros mismos.
Por eso la pregunta de fondo no es solo «¿qué puedo hacer?», sino «¿qué clase de persona llego a ser con lo que elijo todos los días?». San Pablo lo sabía bien: «Para ser libres nos liberó Cristo» (Gál 5,1).
Dos preguntas que vale la pena atender
¿Y los niños? ¿Viven sin libertad? No. Aristóteles distingue entre lo voluntario y la elección deliberada: el niño ya actúa voluntariamente, pero todavía no elige con plena reflexión, la infancia no es una vida sin libertad, sino una libertad en formación. Ayudarle a dar ese paso es justamente la tarea de educar.
¿No sería más feliz un hombre sin razón, como un animal? La vida del animal vale según su propia naturaleza, pero un hombre sin razón no sería un animal más feliz, sino un hombre disminuido. Es cierto que la inteligencia y la libertad pueden usarse mal, y la historia lo demuestra; pero el problema no es la razón, sino su mal uso, y los límites que un niño recibe con cariño no son lo contrario de su felicidad: son el camino que la hace posible.
Una tarea urgente
Vivimos en una cultura cómoda que propone satisfacer todo deseo como si no tuviera consecuencias: «solo se vive una vez». San Pablo ya citaba esa mentalidad: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos» (1 Co 15,32).
Frente a ello, no basta con dar buenos argumentos, hay que educar el corazón, para que nos guste lo que nos conviene. Esto vale para las nuevas generaciones, pero también para nosotros, los adultos, que en alguna medida hemos asimilado esa forma de pensar, es necesario reeducarnos, aunque pueda ser más difícil, no es imposible.
Lo que deja esta reflexión
Para padres de familia, maestros, catequistas y agentes de pastoral, el punto de partida debe ser siempre la persona, que vale por sí misma y nunca es un simple medio. La felicidad no es un contenido que se entrega en una plática, sino una tarea que se acompaña con paciencia.
Educar no es controlar ni reprimir: es ayudar a cada niño, cada joven y cada adulto a aprender a elegir bien y a querer bien, solo así podrán decir, al final del camino, que su vida no fue conducida, sino verdaderamente vivida: libre, plena y abierta a Dios, que es quien nos hace verdaderamente libres.
Por: Pbro. Julio César Ponce García
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